divendres 25 de febrer de 2011

¿Conversaciones verde u orejas sucias? de Lourdes Mar Gris del  4 majo del 2010


La entrada que elejí comenta y profundiza un ejemplo de cómo nuestra malicia afecta más a menudo de lo que pensamos nuestras conversaciones. La situación dibujada por la autora es la siguiente:
una pareja en intimidad, la chica le pregunta a él, inocentemente,  cuanto mide su amor para ella. Él se queda un poco sorprendido de una pregunta tan rara y contesta “¿cómo quieres que te diga cuánto mide?”
Para la autora la cosa importante es que, supuestamente, non es la palabra en sí misma que aporta un valor sexual (en este caso el verbo “medir”); la verdad es que somos nosotros que, a pesa de un contexto, le otorgamos a esa palabra un valor que no tiene. El contexto lo hace todo en este sentido. La cosa que me ha sorprendido es cómo sigue explicando la autora: no hace falta que se especifique a qué se sta refierendo el chico, si es un objeto, una parte del cuerpo o algo más, pero el chico, la chica y todos entendemos perfectamente porque nos suena tan maliciosa como respuesta.
Mi observación es: ¿hay algo parecido a la sexualidad que puede afectar en manera tan universalmente reconocida nuestras conversaciones? Es decir, ¿por que las conotaciones de este tipo son siempre sexuales?  Y por que cuando caemos es estas juegos de palabras ¿nos avergonzamos siempre un poco?
Puede ser que, como dice Freud, la sexualidad es algo radicado en nuestro cerebro, porque, además que tener una tipo sexulidad para cada edad de nuestra vida, cada uno de nosotros tiene una “perversión”. La vergüenza quizás viene desde la educación, la cultura, la religión que nos impone pudor.
Por cierto ¿será  por que nos han enseñado (a nostros, a nuestros padres y a los padres de nuestros padres…) a avergonzarnos de las palabras “exactas “que expresan la sexualidad que tuvimos que buscar metáforas, juegos de palabras o cambiar según el contexto el sentido de unas cuantas palabras?
Marta Monteleone

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